 |
 |
 |
Imaginemos un chico entregando parte de sus útiles o de su comida a un compañerito al que le faltan, e imaginemos que lo hace no por piedad simplemente sino movido por el sentimiento de que es injusto no preocuparse cuando a otro le falta. Imaginemos a un adolescente cuestionándose la existencia de la injusticia y la violencia entre las personas, e imaginémoslo venciendo el desaliento y comprometiéndose con algún movimiento por los derechos de los otros. Este compromiso activo con la vida, aunque ese joven no lo sepa, tiene su honda raíz en la esencia judía. Imaginemos una familia celebrando el Seder de Pésaj (Pascua judía) y preguntándose por qué recordar como propia aquella viejísima esclavitud del pueblo judío, e imaginémosla respondiéndose que como toda generación, también ellos deben liberarse de las esclavitudes de su tiempo. Sentirse partícipe y alumno de su milenaria historia tiene una honda raíz en la esencia judía. Lo que, a sabiendas o no, comparten todos los protagonistas de estas escenas imaginarias, es una tradición ética en común, textos esenciales en común, una memoria y un futuro en común. Lo que seguramente no comparten son origen geográfico, idioma, lugar de residencia, grado de religiosidad o postura ideológica, pero conforman, merced a su esencia y a su diversidad, un solo pueblo, el judío. |
 |
|