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| La bendición de Eliohu Hanovi (el profeta Elías) |
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Dos hermanos vivían en una misma ciudad, uno pobre y uno rico. El pobre era bueno y honrado y el rico, como suele suceder, era tan malvado como podía. Cierta vez, Eliohu Hanovi, vestido de mendigo, llegó a esa ciudad. Se dirigió a la casa del hermano rico a pedir limosna, pero éste no sólo no le dio un centavo, sino que lo mandó a que se fuera por donde había venido. El mendigo fue entonces a lo del hermano pobre y éste le dijo:
- Puedes ver por ti mismo lo pobre que soy, pero lo que tengo voy a compartirlo contigo.
Invitó pues al mendigo a que se sentara y comieron juntos un trocito de pan y una cola de arenque y bebieron un vaso de té frío que le había quedado del día anterior. El mendigo - es decir Eliohu Hanovi- recitó sus bendiciones y se levantó para irse, pero antes de hacerlo agradeció efusivamente al pobre y le dijo:
- Quiera Dios que todo lo que comiences a hacer lo continúes haciendo permanentemente.
El pobre no comprendió el sentido de las palabras del mendigo pero no le hizo ninguna pregunta. Cuando el mendigo se fue, recordó que había olvidado doblar su manto de oraciones. Fue hasta la mesa donde estaba su tales y cuando lo dobló vio sobre la mesa otro tales, también lo dobló y vio un tercero y un cuarto y un quinto y así una infinidad de mantos de oraciones. Recién entonces comprendió el sentido de la bendición del mendigo, y comprendió también que no había sido un mendigo cualquiera sino el mismísimo Eliohu Hanovi. Agradeció a Dios en su corazón, y vendiendo mantos de oraciones comenzó a prosperar.
En cuanto se supo de este prodigio no se habló en la ciudad de otra cosa, de modo que lo sucedido también llegó a oídos del hermano rico. Este se llenó de rabia y quedó a la espera de la vuelta de aquel "mendigo" y de recibir también él su bendición.
" Pero yo no voy a hacer como mi hermano el pobretón - se la pasaba pensando-; yo no voy a doblar mantos de oraciones sino contar dinero". Y llenó su casa de cajones vacíos donde guardar tanta moneda de oro, colocando una moneda de ese metal sobre la mesa, lista para comenzar a contar en cuanto el mendigo lo bendijese.
Y sucedió que, efectivamente, el mendigo volvió al poco tiempo a casa del hermano rico y éste, en cuanto lo vio, abrió para él la puerta de par en par, lo introdujo en la más hermosa de sus habitaciones y lo sentó a su mesa exclamando a cada momento: - "¡Qué honor, qué honor!". Agasajó al mendigo con un verdadero banquete: higaditos picados con cebolla, pescado relleno, muslos de pato, todo rociado con finísimos vinos (de acuerdo con las normas dietéticas judías), en pocas palabras, un banquete a cuerpo de rey. Terminada la comida se levantó Eliohu Hanovi, dijo sus oraciones, agradeció la magnifica recepción y formuló la tan esperada bendición: " Que el Creador, bendito sea, haga que todo aquello que comiences a hacer continúes haciéndolo permanentemente".
El rico sintió un estremecimiento en las entrañas; como un relámpago le cruzaron por la imaginación montañas y montañas de monedas de oro. Como se disponía a contar monedas el día entero, sin interrupción, pensó que primero convenía ir a orinar. Salió al patio, pues a aliviar su vejiga. Y la bendición de Eliohu Hanovi se cumplió plenamente y aquel ricachón continúa orinando hasta el día de hoy. |
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Eliahu Toker, Patricia Finzi y Moacyr Scliar:
Del Edén al Diván, Humor Judío, Buenos Aires, Shalom, 1991
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