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| El judaísmo es la religión del optimismo ético |
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El carácter distintivo del judaísmo, que éste transmitió al resto de la humanidad, es su afirmación ética del mundo: el judaísmo es la religión del optimismo ético. Desde luego, se trata de un optimismo por completo ajeno a la indiferencia complaciente del hombre para quien el mundo es bueno simplemente porque él se siente bien en él o a ese diletantismo que niega el sufrimiento y alaba a este mundo como el mejor de todos los mundos posibles - la rage de soutenir que tout est bien quend on est mal-. El judaísmo rechaza este optimismo superficial. Israel conoce demasiado la vida como para negar lo tremendo de la privación y el sufrimiento. Más frecuente y más conmovedor que el canto de alabanza a las alegrías de la vida, es el lamento de Israel por el hecho de que este mundo sea un lugar de desgracia y aflicción.
Pero la cualidad única del optimismo judío radica en que, a pesar del predominio de la maldad en este mundo, no sucumbe a la mera indiferencia o a la resignación frente a él. Su ideal no es el del sabio de la antigüedad que, satisfecho con su propia sabiduría y tranquilidad de espíritu, ya no se siente conmovido ante los esfuerzos del hombre. En este sentido, el judaísmo difiere radicalmente del pensamiento griego e indio: Enfrenta al mundo con la voluntad de modificarlo y con el mandato de realizar el bien en él.
El optimismo judío consiste en la fe en Dios, y por consiguiente también en el hombre, que es capaz de cumplir en sí mismo el bien que encuentra su realidad primera en Dios. Todas las ideas del judaísmo pueden derivarse de ese optimismo, estableciéndose así una triple relación.
Primero la fe en uno mismo: La propia alma está creada a imagen de Dios y es por ello capaz de pureza y libertad; el alma es la liza en la que siempre resulta posible reconciliarse con Dios.
Segundo, la fe en nuestros semejantes: todo ser humano tiene la misma individualidad que yo; su alma, con su pureza y libertad posibles, deriva también de Dios, y en el fondo se parece a mí y es por lo tanto, mi prójimo y mi hermano.
Tercero, la fe en la humanidad: todos los hombres son hijos de Dios; por ende, están unidos por una tarea común. Conocer la realidad espiritual de la propia vida, de la vida de nuestros semejantes y de la humanidad en conjunto, arraigadas como están en la realidad común de Dios, tal es la expresión del optimismo judío. |
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Leo Baeck:
La esencia del judaísmo, Buenos Aires, Paidós, 1964
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